La extranjerización de tierras y la soberanía nacional

Un resurgir del sentimiento nacional fue impulsado por “la bandera de Malvinas” en un partido de futbol, uno de los pocos rincones donde todavía anidan restos del orgullo nacional argentino.
Aunque la recuperación de Malvinas es un sentimiento distante, reapareció con fuerza inesperada a partir de la bandera desplegada por algunos jugadores de la selección en el partido contra los ingleses, que siempre reaviva los ecos de aquella guerra, en donde los argentinos esperamos una venganza futbolera contra aquella dura derrota.

Más todavía cuando esa bandera y ese espectro de la causa nacional fueron el argumento sobre el cual se basan las especulaciones ciertas o no de la obligada entrega de la selección argentina frente a España en la final del mundial.

La campaña “anti-argentina” dio mayor impulso al sentimiento nacionalista en modo defensivo.

Este sentimiento fue lo suficientemente fuerte para forzar la postergación para el 6/8 del tratamiento en el senado que daría curso a la ley de extranjerización de la tierra.

Los oportunistas de izquierda repentinamente empezaron a hablar de Patria y de Malvinas.

El peronismo y sectores afines esgrimen como argumento la defensa de la patria y la soberanía nacional.

Nosotros también nos oponemos a esa ley, pero con otros argumentos. La patria es una abstracción que comprende un estado, un territorio, relaciones de propiedad y producción y por lo tanto clases sociales antagónicas. En tanto clase dominante, la patria es de la burguesía, no es de los trabajadores. La patria es de los dueños de los medios de producción y de cambio. Ellos son además quienes controlan el estado y todas las instituciones intermedias. Lo único que tenemos nosotros es nuestra fuerza de trabajo.

Por otra parte, la soberanía nacional solo existe desde el punto de vista formal: tenemos gobierno, instituciones y leyes propias que hacen a nuestra constitución como nación independiente. Pero en la realidad la economía nacional depende del capital extranjero tanto en el plano productivo como en el financiero. Esa dependencia determina la orientación política del gobierno, tanto con los liberales como con los peronistas.

Con el gobierno de Milei ese sometimiento es más explícito. La reciente visita de Kristalina Giorgeva, la representante del FMI puso de manifiesto esa brutal dependencia. Por lo tanto, la soberanía nacional es una ficción frente a la cruel realidad de la dominación del capital imperialista extranjero.

Los peronistas dicen que la patria no se vende, pero la Argentina hace rato que está siendo vendida e hipotecada para varias generaciones, tanto por los gobiernos liberales como también por los gobiernos peronistas.
Para no ir tan lejos en la historia, basta recordar las relaciones carnales de Menem con el imperialismo yanki, a Néstor Kirchner haciendo sonar la campanita en Wall Streat, a CFK firmando los acuerdos con Chevrón sobre Vaca Muerta con cláusulas secretas, o recibiendo a la jefa del comando sur de EE-UU, cuando esta declaraba abiertamente que los recursos naturales del país eran una parte vital de la seguridad nacional yanki.

La patria que defiende el peronismo es la patria semicolonial capitalista, en donde los burgueses nacionales son socios menores de los consorcios imperialistas. En esa patria los burgueses “nacionales”, dueños de las fábricas, las tierras y los bancos, fugan los capitales acumulados para invertirlos en el exterior. Mientras que los trabajadores solo tenemos nuestra fuerza de trabajo que vendemos por un salario miserable. Bajo el capitalismo a nosotros NADA nos pertenece. Pero aun así luchamos por defender los recursos de la naturaleza y las fuerzas productivas porque cuando los trabajadores tomemos el poder, serán la base sobre la cuál construiremos el socialismo.

Nosotros nos oponemos a la venta de la tierra sin límite para extranjeros -como Lewis- pero también para compradores “nacionales” -como Elsztain-, porque nos oponemos a la propiedad privada de la tierra.

Entre los diez terratenientes trasnacionales más grandes, tres operan en la Argentina.  Se trata de High Luck Group Argentina: con 1.148.000 hectáreas en la provincia de Salta; esta empresa de capitales chinos lidera el uso y control de superficies destinadas a la exploración y explotación de gas y petróleo. La forestal Arauco, de capitales chilenos, que explota cientos de miles de hectáreas en el litoral argentino y el Grupo Benetton, de capitales italianos, que opera 924 mil hectáreas solo en la Argentina.

Pero el problema no es solo de nacionalidad sino de clase social. La propiedad privada de la tierra permite que grandes capitalistas como Elsztain a través de su empresa Cresud, posea y maneje aproximadamente 540.000 hectáreas de tierras rurales en la Argentina. También es dueño de IRSA que se dedica a construir emprendimientos inmobiliarios para gente de plata, mientras que los trabajadores no podemos ni siquiera comprar un modesto lote de tierra para hacer nuestra propia casita.

Para favorecer los negocios inmobiliarios de Elsztain -que financió la campaña electoral de Milei- es que esta ley que se pretende aprobar facilita los desalojos que solícitamente Jorge Macri ejecuta en la villa 31.

Y también para que el nuevo amigo de Milei, Peter Thiel, compre tierras en el sur con fuentes de agua para refrigerar sus centros de datos, para que su empresa Palantir nos vigile a todos.

Aunque en el proyecto de ley no se permita que la tierra la compren otros estados y aunque el comprador extranjero se someta a la legislación argentina, la posesión de la tierra por terratenientes extranjeros es un despojo antinacional que profundiza el carácter semicolonial del país. Sin embargo, la hipocresía de los defensores de la patria queda en evidencia cuando se oponen a la venta de tierras, pero festejaron durante los gobiernos K las inversiones extranjeras en la minería, el petróleo o la industria.

Que la restricción de la venta a extranjeros tampoco es un problema lo revela la declaración de un testaferro argentino, el polista argentino Hugo Barabucci, quien admitió en un juicio en Bariloche haber comprado a su nombre casi 20.000 hectáreas de tierras de gran valor estratégico y ambiental en Río Negro en la zona de la frontera cordillerana de la Patagonia con fondos donados por el emir de Abu Dhabi. Es decir, que el verdadero propietario sería el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos, revelando que por medio de testaferros se puede burlar la Ley de Extranjerización de Tierras.

Cuando el peronismo habla de defensa de la patria, de la industria nacional, de la soberanía, pretende que los trabajadores seamos furgón de cola de la burguesía nacional.

Por eso nos oponemos a la ley, pero no en nombre de la defensa de la patria, sino por la defensa de los intereses estratégicos de la clase trabajadora.

La tierra, como el aire y el agua no pueden ser propiedad privada, deben ser de todos y no debe ser de nadie: hay que nacionalizarla. La tierra debe estar en manos del estado y el estado en manos de los trabajadores.

Un gobierno de trabajadores impondría la Nacionalización de la tierra y tres tipos de explotación: colectivización de las grandes extensiones de la pampa húmeda. Cooperativas de productores. Y respetaría la pequeña producción campesina de la tierra concediendo el usufructo para quien la trabaja.
Con la renta de la tierra en manos del Estado Obrero se puede impulsar la industrialización y la construcción de viviendas, hospitales y escuelas, en base a un plan elaborado por los propios trabajadores que terminará con la desocupación y garantizará un salario que como mínimo cubra la canasta familiar.

2/8/26

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