EE-UU

Un orden político y social resquebrajado

Asalto al Capitolio

Durante varios días la atención internacional estuvo acaparada por los acontecimientos que se sucedían en el seno del Capitolio de los Estados Unidos de América. Por momentos parecía que estuvieran proyectando una película de bajo costo de Hollywood protagonizada por personajes de Los Simpson. Y sin embargo era un hecho que ocurría en la realidad y de manera inédita reflejaba la profundidad de la crisis que afecta a la nación americana y brota por todas las grietas abiertas en su placa tectónica económico-social. No es un fenómeno nuevo a nivel internacional, pero en EE-UU no se encuentra una situación histórica que sirva como analogía. Es la expresión en suelo norteamericano de la crisis económica mundial, la pandemia, y sus consecuencias políticas y sociales.

El ascenso de Donald Trump a la presidencia, ya de por sí fue un revulsivo político adelantado por una polarización que ubicaba a los Socialistas Democráticos (DSA) partidarios de Sanders a la izquierda de los demócratas y al Tea Party a la derecha de los republicanos.

Internamente, en el 2011 se desarrolló la movilización conocida como Ocupy Wall Street, en paralelo a otras acciones como la de los indignados en España, mientras transcurrían las revoluciones en Túnez y Egipto.

Pero el principal fenómeno que estuvo en la base del ascenso presidencial de Trump fue la propia decadencia interna de los EE-UU y la pérdida de peso como potencia internacional hegemónica.

En su discurso de despedida Trump marcó los ejes alrededor de los cuales giró su programa interno.  La retórica sobre traer de vuelta los puestos de trabajo, afectada por la pandemia, parece que no dejó conforme a su base de votantes de la clase obrera blanca. Incluso parece haber perdido el apoyo de la burguesía industrial la Asociación Nacional de Manufacturas (NAM). A pesar de que la pugna contra China, con la imposición de aranceles a productos importados, actuó como un recurso proteccionista.

En cambio, la línea racista del muro, la presión policial sobre los negros, la agitación contra el comunismo, todo esto fue creándole a Trump una base ultrarreaccionaria y centralizando bandas o milicias fascistas, que fueron las que asaltaron el Capitolio.

Evidentemente, con el asalto al Capitolio, la intención era ejercer la suficiente presión para revisar algunos cómputos y tratar de revertir la pérdida de la mayoría en el senado, ya que el resultado general de la votación hubiera sido imposible cambiarlo a esa altura de los acontecimientos.

Llamar intento de “golpe” a la acción ultraderechista sobre el Capitolio parece exagerado. Para ser golpe o autogolpe hubiera hecho falta mucho más que unos cientos de farabutes fascistas. Pero, indudablemente, se trató de una presión sobre las instituciones del Estado por parte de bandas fascistas armadas que respondían a Trump, para obligar por la fuerza a revisar una decisión adoptada dentro de las reglas constitucionales.

No se puede pensar como un “intento de golpe” ya que no tenía ninguna posibilidad de triunfar sin el apoyo de las FFAA. Ni siquiera tuvo la fuerza suficiente como para imponer el que era probablemente el objetivo buscado, de modificar la votación que dio paridad en el senado y quedando el desempate en el voto de la vicepresidente demócrata Harris.

Sin embargo, le permitió mostrar ese músculo fascista que, al decir Trump “esto recién comienza”, deja implícito que está dispuesto a llegar más lejos aún, no sólo en la formación de su propio movimiento político por fuera del partido republicano, sino en la lógica de la guerra civil.

Por eso esta acción audaz y desesperada por parte de Trump, que polariza mucho más la división política, hay que caracterizarla como preparatoria de un ala de derecha radicalizada que muy probablemente termine rompiendo con el partido republicano y que puede ser el engendro de un movimiento fascista con influencia de masas.

Los demócratas con el acuerdo de la mayoría de los republicanos (por lo menos en diputados) quisieran borrar las posibilidades políticas de Trump para las próximas elecciones. Sin embargo, Trump fue votado por 75 millones de norteamericanos. Parecen demasiados votos como para anularlo tan fácil con un segundo impeachment. A esto respondió Trump: “Volveremos de una forma u otra”.

Biden y la necesidad de un bonaparte

Gran parte del discurso de asunción de Biden estuvo puesto en recuperar la unidad ante una situación política que había llegado a parecerse a una guerra civil. Y el 95% de su discurso estuvo dedicado a la situación política interna, lo cual refleja la preocupación del establishment por desarmar “la grieta”. Sin embargo, ésta no es producto de alguna característica desequilibrada de la personalidad de Trump. Como dijo Biden en su discurso “responde a causas profundas”.

El discurso de asunción de Biden refleja la necesidad de reunir en el centro a una masa crítica de los dos partidos para aislar así a los radicales de izquierda y a las bandas fascistas de la derecha. El problema de EE-UU es justamente que la burguesía imperialista está dividida, aunque tiene una serie de acuerdos “de Estado”.

Biden comenzó su presidencia firmando una gran cantidad de decretos (tres docenas en una semana), por lo cual ya fue criticado comparándolo con un dictador, tomando sus propias palabras de campaña electoral, pero no solo por republicanos, sino también por la prensa aliada como The New York Times, que tituló un editorial “Tomate con calma las medidas ejecutivas, Joe”.

La necesidad de un bonapartismo se impone como tendencia, tanto por las condiciones internas como por la situación internacional. A nivel interno las condiciones objetivas de la crisis impulsan hacia una mayor agitación de la lucha de clases. Y a nivel internacional, si bien hay un “estado mayor” que impone la línea según la relación de fuerzas entre los sectores de la burguesía imperialista y los factores de poder que controlan el aparato estatal, para recuperar la hegemonía internacional, muy debilitada, hace falta un presidente fuerte.

La necesidad de un bonapartismo pareciera, en principio, no encajar con la personalidad de Biden, que es más bien la de un conciliador. Pero si no es Biden, alguien deberá a ir asumiendo ese rol y en algún momento llegará la hora del desplazamiento, sea al finalizar su primer mandato o quizás antes, ya que el tiempo corre para EE-UU.

Crisis económica y polarización política y social

Evidentemente los intereses que polarizan en la superestrutura política y en la burguesía, no son los mismos que se reflejan en las clases medias y trabajadoras.

Los demócratas representan a la burguesía imperialista globalista y Wall Street.

Los republicanos a una burguesía imperialista y un capital financiero de inserción más bien continental. Pueden tener intereses localizados diferentes, pero no son totalmente antagónicos y obviamente hay puntos totalmente convergentes. De otra manera EE-UU ya se hubiera disuelto despedazada por sus contradicciones internas.

En cambio, Trump refleja un nacionalismo aislacionista concentrado en el mercado interno, y solo en función de ese interés se encolumna su política internacional imperialista, aunque obviamente debe responder también a los intereses de sus aliados republicanos y en general a las cuestiones de “Estado” que implican los intereses de conjunto de la burguesía imperialista yanki.

Las clases medias se dividen como en muchos otros países, en una derecha cristiana evangélica, racista y reaccionaria, que apoyó a Trump y una izquierda “progresista” liberal que votó a Biden y ahora tiene expectativas en el nuevo gobierno.

La clase obrera blanca que, aunque cayo varios escalones, sigue siendo una aristocracia obrera, y los farmers (granjeros) en crisis del centro-oeste, en su gran mayoría también están con Trump.

Los trabajadores jóvenes precarios de servicios, negros, latinos, pobres en general, universitarios sin perspectivas se dividen en derecha e izquierda. Pero la mayoría más explotada se inclinó por el partido demócrata.

Aumentan la cantidad de pobres y desocupados que van y vienen según la curva de la crisis. Pero hay una gran desigualdad social que se profundiza obscenamente.

Esta situación social es el caldo de cultivo de los antagonismos políticos y sociales (que se expresan parcial y deformadamente como antagonismos raciales).

La difusión del video del asesinato de George Floyd, en donde se aprecia claramente la crueldad asesina del policía Derek Chauvin, con la complicidad de los demás policías rápidamente difundida, hizo estallar la indignación de miles de personas que, desconociendo las advertencias del poder político, ocuparon las calles y prendieron fuego a vehículos policiales y posteriormente hicieron arder la estación de policía de Mineápolis.

Rápidamente las protestas se extendieron a otras ciudades; el odio se transformó en revuelta en varias de ellas, con explosiones de la justa violencia de los oprimidos contra los opresores y explotadores. La movilización llegó hasta la Casa Blanca, en donde se produjeron algunos enfrentamientos con la policía. 

La extensión de las protestas que abarcó a centenares de miles de manifestantes y la participación en ellas no solo de jóvenes afroamericanos, sino de muchos latinos y de jóvenes blancos, refleja que no es sólo el racismo lo que moviliza a la juventud trabajadora. La desocupación ha llegado a una profundidad nunca vista desde 1930. Y el coronavirus se ensaña con los pobres, que viven hacinados en edificios decadentes, y mueren por decenas de miles. En esas movilizaciones y revueltas hay una unidad de clase que en la juventud trabajadora tiende a superar las barreras raciales y apuntar contra todo el régimen político y social, mientras que su dirección actual, el movimiento BLM (Black Lives Matter), limita el programa a la cuestión racial y propone reformas inocuas en contra de la brutalidad del accionar policial.

Desde las movilizaciones contra los asesinatos de negros por parte de la policía fue creciendo una polarización social, e incluso tuvieron protagonismo en las movilizaciones las milicias armadas, tanto de las organizaciones negras como de los racistas blancos. En algunos casos llegaron a estar frente a frente, en un ambiente de odio creciente.

De allí que semanas antes de la elección la prensa internacional manejara la posibilidad de enfrentamientos armados, y algunos incluso planteaban la posibilidad de que los acontecimientos llegaran a una guerra civil, lo cual da una idea de la gravedad de la crisis económica y social en curso.

La continuidad y quizás profundización de la crisis económica internacional no da margen para superar estos antagonismos, cerrar “la grieta” política y social. No basta con “resetear” para volver a una “normalidad” que se fue perdiendo desde hace tiempo.  Biden, como mandatario de un período, va a gobernar mucho más que otros gobiernos respondiendo a los intereses de la burguesía que representa, tratando de restañar las contradicciones sociales con lo que le sobre o mejor dicho con lo que le deje la burguesía. Por ejemplo: Biden había prometido un cheque “universal” de 2000 dólares como paliativo por las pérdidas de la pandemia, pero ahora rebajo la cantidad a 1.400 dólares. Y a pesar de ello, recibió críticas de la burguesía porque estaba gastando demasiado.

La debilidad intrínseca de Biden, en la medida que defraude las expectativas que toda renovación presidencial genera, posiblemente abra un cauce mayor para el desarrollo de la lucha de clases. Junto a las concesiones insuficientes, Biden y otros demócratas preparan la legislación “antiterrorista” que con la excusa de prevenir la violencia de los supremacistas blancos, va a tener como principal objetivo perseguir a los activistas de las luchas de los trabajadores. 

Habrá que ver si en el partido demócrata también se produce una radicalización que lleve a una ruptura del DSA o sectores de él, reflejando la juventud precarizada blanca, negra y latina.

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De todas maneras, de los dirigentes socialdemócratas como Bernie Sanders, que siempre terminan apoyando al partido de Wall Street, antes a Hillary Clinton y ahora a Biden, la juventud trabajadora y la clase obrera no deben esperar nada. En EE-UU también hace falta construir un partido de trabajadores revolucionario, que luche por la revolución socialista internacional, y entre cuyas tareas fundamentales se impulse la organización de la autodefensa contra las milicias fascistas.

La línea del imperialismo “globalista”

A nivel internacional, aunque el eje de Trump estuvo puesto en meterle presión a China y secundariamente a Alemania, en su discurso de despedida pudo mostrar como logros de su gestión los acuerdos con países árabes y el retiro de tropas de Siria, Irak y Afganistán.

Los análisis de los especialistas y los nombramientos de funcionarios parecieran confirmar nuestros pronósticos sobre la línea política internacional que seguirá Biden.

En relación a América Latina fue claro el posicionamiento del nuevo gobierno contra el régimen venezolano. Mantendrá la presión sobre Venezuela buscando una solución política, pero desde una posición de fuerza. Ya de entrada invitó al embajador de Guaidó a su asunción y Blinken (designado para ocupar el Departamento de Estado) dejó claro que continúa el reconocimiento de Guaidó como presidente provisional. Si bien lo más probable es que EE-UU junto con la UE busquen alguna salida política, la disputa por la soberanía de una parte del territorio de Guyana (La Guayana Esequiba) con grandes reservas petroleras, también puede dar pie a conflictos militares.

Y sobre Cuba, probablemente se combine la presión y las concesiones para engrasar el avance de la cúpula castrista hacia la consolidación de la restauración capitalista.

La disposición de EE-UU a discutir un nuevo acuerdo con Irán, intenta volver al camino de la diplomacia armada, cuando Obama decía que estaban todas las opciones sobre la mesa, incluyendo la militar, para interponer ese acuerdo en la relación entre Irán con Rusia y China.

Bajo Trump, EE-UU ha estado reforzando el frente contra Irán-Siria-Hezbollah, al avanzar en acuerdos entre Israel-Emiratos árabes Unidos, Israel-Bahréin, Israel-Marruecos, y un principio de acuerdo para establecer fronteras entre Israel y Líbano. También ha debilitado a Al Fatah y Hamás al establecer a Jerusalén como capital internacionalmente reconocida de Israel.

Todas estas operaciones, como los acuerdos políticos económicos y militares anteriormente establecidos con Arabia Saudita y otros países árabes de la región (lo que se llamó la “OTAN” árabe), aunque puedan haber estado parcialmente socavados por las pugnas entre la industria tradicional y la del fracking por los precios petroleros, aún se mantiene por los intereses estratégicos que sostienen la alianza de EE-UU y la burguesía saudí contra Irán y sus aliados regionales

 En relación a China no parece que vaya a cambiar la política, ya que fue durante el gobierno demócrata de Obama, con Biden como vicepresidente, que el Pentágono modificó sus hipótesis de conflicto y pasó a identificar como peligrosos enemigos a las grandes potencias mundiales, trasladando gran parte de su flota militar al océano Indico y al mar del sur de China.

Sobre China habrá la misma o más presión que hubo con Trump: Blinken también declaró que Trump “tenía razón” al tener una “posición más dura frente a China”, pero señaló su “desacuerdo”, sobre la estrategia del gobierno saliente “en muchos puntos”. Si bien “El principio básico era correcto…Debemos enfrentar a China desde una posición de fortaleza, no de debilidad”, y esto implica “trabajar con los aliados en lugar de denigrarlos, participar y liderar las instituciones” internacionales en vez de abandonarlas.

Entre EE-UU y China hay un antagonismo de intereses en la cuestión del Big Data, IA (inteligencia artificial) y G5. Esa es una cuestión común de todos los sectores de la burguesía imperialista yanki, aunque quizás la competencia afecte más directamente al llamado sector globalista de las grandes empresas tecnológicas, las “Big Five”, Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft.

Y más presión sobre Rusia para desbaratar la línea de acuerdo que impulsa un sector de la burguesía alemana y francesa. Entre las primeras repercusiones del cambio de mando en principal la potencia imperialista, el Parlamento Europeo como un eco emitió una resolución contra el Nordstream 2.

EE-UU quiere evitar a toda costa que se refuercen los lazos económicos entre Alemania y Rusia, para que ello no derive en posteriores alianzas políticas y militares. Esta presión introduce factores de crisis al interior de la burguesía alemana, un sector de la cual mantiene fuertes lazos económicos con Rusia, a partir de la restauración capitalista. Las relaciones económicas e históricas entre Alemania del Este y Rusia, son también un factor que impulsa un acercamiento político entre ambos países, el cual es socavado por las fracciones imperialistas cuyas relaciones económicas y exportaciones están más vinculadas al sector “globalizante” del capital financiero internacional.

Francia también en este intento de fortalecerse como potencia imperialista, ha retomado un rol mucho más activo en el plano internacional, particularmente tratando de recuperar y/o fortalecer su dominación imperialista en sus ex colonias y semicolonias, aumentando inclusive las operaciones de intervención militar. En Europa aparece también como un factor de poder clave, que impulsa la creación de un Ejército Europeo independiente de la OTAN (aparato militar controlado por EE-UU y los globalistas) junto con Alemania, y que empuja más decididamente a establecer una alianza plena con Rusia.

Todas estas presiones serán avanzadas por un frente único de países, y al interior de los mismos, de fracciones burguesas vinculadas al capital financiero y transnacionalizado y de los organismos internacionales, lo cual indicará el poder y la influencia que ha alcanzado el capital globalizado. Tal como dijo Biden en su discurso, esto no podemos hacerlo solos tenemos que hacerlo junto con nuestros aliados.

La Tercera guerra más cerca

Aunque desde hace años viene en decadencia, Estados Unidos sigue siendo la primer potencia económica y militar. Y por lo tanto posee muchos medios de presión sobre sus competidores en el mercado mundial. El control financiero, la supremacía tecnológica, que es el sector en el que más se ha arrimado la competencia china, y por sobre todo la supremacía militar.

Un importante anuncio de Biden a poco de asumir, fue el de que aceptaría firmar una prórroga hasta el 2026 del último acuerdo nuclear que queda vigente con Rusia el New START que vencía el 5 de este mes. Depende las condiciones, dijeron desde el gobierno ruso, ya que, en una propuesta similar, fueron las condiciones que pedía Trump, las que hicieron fracasar la extensión del acuerdo.

La política de Trump no consistía en una simple cancelación del tratado, lo que hubiera fortalecido la alianza Rusia-China, sino que pretendía que Rusia presionara a China para ingresar al tratado y así congelar en el nivel actual su reserva de misiles nucleares nuclear. Era de esperar que Biden siguiera la misma línea, pero sin embargo decidió prorrogar el tratado sin condiciones.

Biden aceptó prorrogar el New START (que limita la cantidad de ojivas nucleares desplegadas que pueden tener los arsenales de cada país ¡¡a 1550!!, las cuales ya alcanzarían para liquidar el planeta), pero mientras tanto, EE-UU desarrolla una carrera armamentística contra los misiles hipersónicos de Rusia y avanza la Fuerza Militar Espacial que, sin dejar de lado las armas nucleares, ensayan “misiles” en base a una barra de tungsteno, para ser lanzados desde el espacio.

Durante el mes de julio hubo varias provocaciones disfrazadas de maniobras militares por parte de EE-UU y sus aliados en el sudeste asiático, cuando portaviones norteamericanos surcaron el mar al sur de China.

Veremos si Biden anula las ventas de armamentos, que Trump le había prometido a Taiwán para fortalecer su defensa y apoyar su voluntad de mantenerse como un estado independiente de China. Lo más probable es que eso no ocurra, y entonces la arenga de Xi Jinping a sus soldados llamándolos a que se preparen para la guerra se mantendrá resonando en los oídos de aquellos que no quieran meter la cabeza en un pozo para escapar a las graves contradicciones que amenazan a la humanidad.

Recientemente el portavoz del Ministerio de Defensa chino, Wu Qian, reiteró que Taiwán es una parte de China y advirtió “a aquellos elementos de ‘independencia de Taiwán’: aquellos que jueguen con fuego se quemarán y ‘la independencia de Taiwán’ significa una guerra“.

Habrá que ver especialmente como se desenvuelve esta situación, ya que si algo es evidente es que una guerra entre EE-UU y China puede transformarse fácil y rápidamente en una nueva guerra mundial.

Paralelamente, se desarrollan otros focos de potenciales conflictos militares parciales, pero que pueden repercutir sobre la situación general como, por ejemplo, el que transcurre en el Mediterráneo entre Turquía y Grecia apoyada por Egipto, y en donde también está interviniendo Francia. Es evidente que, entre otros factores, la retirada de EE-UU de Medio Oriente ha dado lugar a la proyección regional de Turquía, introduciendo un nuevo factor de inestabilidad.

Como ya hemos escrito, si bien durante el último gobierno demócrata de Obama-Biden, prevaleció una política de acuerdos a nivel internacional y de buscar consensos con el imperialismo europeo, eso se debió no a un interés congénito de los demócratas por el diálogo, sino porque se vieron obligados a aplicar esa política ante el fracaso de la ofensiva militar sobre Irak y Afganistán, y el ascenso revolucionario de las masas árabes del norte de Africa y Medio Oriente que, dada la profundidad de la crisis internacional, se levantaban contra gobiernos y dictaduras como la de Mubarak -fundamental aliado de EE-UU- que habían tolerado durante 40 años.

El gobierno actual de Biden, no será una simple vuelta atrás. La fuerza objetiva que impulsa a EE-UU a la guerra es su continua decadencia en el marco de una crisis capitalista mundial que se arrastra desde 2007 y ahora con la pandemia cayó en una profunda depresión. Y si bien se espera que este factor adicional de crisis pueda ser superado cuando se haya garantizado una vacunación masiva, la recuperación de la economía podría tardar varios años en llegar a los niveles anteriores a 2020, en el marco de una caída general de las inversiones debido a la baja tasa de ganancia, explicada por la ley descubierta por Marx de la baja tendencial de la tasa de ganancia.

Así es que, mientras la crisis económica se agrava y se aleja la perspectiva de una recuperación, que ya era esperada débil, la situación de las relaciones entre los Estados no se preanuncia menos oscura.

El eje de los enfrentamientos, que empezaron siendo de EE-UU con Alemania-Francia-Rusia, se desplazó a EE-UU-China. Ya lo habían anunciado Obama-Biden (cuando cambiaron las prioridades de las hipótesis de conflicto del Pentágono), y Trump lo tomó como bandera agitándola, blandiendo su puño armado y dando algunos golpes sobre la mesa.

Las tensiones fueron subiendo, así como el armamentismo chino y el posicionamiento de EE-UU para una guerra “espacial”. De acuerdo con un informe de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), que publicó en mayo de 2020, EEUU estaba a la cabeza en gasto armamentístico nuclear con más de 35 mil millones de dólares de su presupuesto destinado a armas nucleares. En segundo lugar y con un gasto significativamente menor en comparación del país norteamericano, se ubica China con más de 10 mil millones de dólares, seguido de Rusia con un gasto de casi nueve mil millones de dólares, aunque cuenta con el arsenal más grande con 8500 ojivas nucleares.

Las alertas sobre los riesgos de que se provoque una nueva guerra mundial provenientes de altos mandos y representantes influyentes de la burguesía imperialista como Henry Kissinger, se suman a los ya mencionados de Putin en anteriores publicaciones.  “El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas británicas, el general Nick Carter, ha advertido de que el peligro de que se produzca una nueva guerra mundial es muy real debido al contexto de crisis económica provocada por el coronavirus……Existe el riesgo de que haya una nueva guerra mundial si los conflictos actuales de menor escala se descontrolan atrayendo a más países y armas”, ha afirmado Carter en una entrevista con la cadena Sky News”. (Europa Press 8/11/20).

La clase trabajadora y la juventud norteamericanas y europeas que tienen tradición en luchar contra las guerras imperialistas, no deberían minimizar el riesgo cierto y los partidos que se reivindican trotskistas deberían impulsar un movimiento de masas contra sus burguesías imperialistas, por la eliminación de todo armamento nuclear. La vanguardia que lo impulse y encabece debe ser consciente de que sólo se puede conseguir ese objetivo por medio de la revolución socialista y explicarlo pacientemente al movimiento de masas.

Algunos gobiernos latinoamericanos como el argentino de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, han saludado entusiastas la asunción del nuevo presidente norteamericano, despertando expectativas de que el cambio de gobierno sería favorable a los intereses de los pueblos de Latinoamérica. Los trabajadores y los pueblos de Latinoamérica no tenemos nada que esperar de ningún gobierno imperialista. Al contrario, debemos prepararnos para enfrentar la continuidad de la ofensiva imperialista sobre América Latina. Los triunfos parciales que podamos conseguir serán un subproducto, fruto de nuestra lucha revolucionaria independiente de la clase trabajadora y los pueblos pobres y oprimidos de América Latina en alianza con la clase trabajadora y los jóvenes oprimidos de EE-UU, que para que sea posible debe ser encabezada por un partido revolucionario internacional de la clase trabajadora. Como un jalón para construir ese partido internacional es que se constituyó el Comité de Enlace Internacional CSR-ETO (Venezuela)/PCO (Argentina)-La Causa Obrera de Chile, y se estableció un vínculo de discusión y colaboración con Fabriles Socialistas Revolucionarios de Bolivia.

2/2/21

Comité de Enlace Internacional CSR-ETO (Venezuela)/PCO (Argentina)-La Causa Obrera (Chile), Fabriles Socialistas Revolucionarios (Bolivia)

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