Chile: Boric, Codelco y la nueva Constitución

La madrugada del lunes 6 de junio se registró una emisión de gases tóxicos (dióxido de azufre) que se esparció sobre la sufrida población de Quintero-Puchuncaví. Hubo más de 100 afectados en la zona de sacrificio, en la que se concentran unas 16 empresas casi todas contaminantes.

El gobernador de Valparaíso Rodrigo Mundaca y el Seremi de Medio Ambiente Hernán Ramírez se reunieron con el directorio de Codelco, cuyo nuevo presidente Máximo Pacheco fue designado recientemente por Boric, y acordaron cerrar provisoriamente la fundición de la planta. Boric no dejó pasar la ocasión y al cabo de unos días anunció el cierre definitivo de la fundición.

No es sin embargo un acto improvisado, sino parte de un plan, como lo demuestra el hecho de que aprovechando su participación en la IX Cumbre de las Américas, Boric viajó a Canadá para mantener conversaciones con varios empresarios mineros, en las que se discutieron negocios relativos a la explotación del cobre chileno. O el hecho de que el anterior presidente de su directorio Diego Hernández haya planteado en una reunión, en ocasión de su visita a la planta de Chuquicamata, que había que cerrar la fundición de Ventanas, porque ya no convenía, que era muy antigua y que lo que le convenía a Codelco era vender solo concentrado para ser fundido y refinado en China. (Ver Julián Alcayaga, en video de Mate al Rey 65).

Es decir, la cuestión ambiental no es el motivo, sino la excusa. Si como fue dicho por dirigentes sindicales y por funcionarios, con 54 millones de dólares se podía limitar la contaminación a niveles aceptables, no había razón para cerrar la fundición. Y si como dijeron después desde el directorio de Codelco y los mismos funcionarios, el problema era que se están elaborando resoluciones para adaptar las emisiones de gases a los estándares requeridos internacionalmente, entonces son todas las fundiciones de Codelco las que están amenazadas por el cierre.

Temiendo que ese fuera el plan de fondo del gobierno, es decir, la privatización encubierta de la fundición y refinamiento del cobre, que implicaría una gran cantidad de despidos, tanto de personal de planta como la caída de contratos y el despido de miles de sub-contratistas, los dirigentes sindicales de la Federación de Trabajadores del Cobre (FTC) encabezados por Amador Pantoja, anunciaron un paro contra el cierre de la fundición de Ventanas, exigiendo al directorio la inversión necesaria para limitar al máximo la contaminación. Los dirigentes sindicales comunicaron su decisión a los trabajadores de base en “asambleas informativas”. Este es un mecanismo típico de la burocracia sindical, que no les permite a los trabajadores plantear sus posiciones, discutir ni tomar resoluciones votadas por mayoría. Los únicos que deciden cuando se para, cuando y cómo se levanta, son los dirigentes.

El paro comenzó el miércoles 22, luego de demorar varios días la decisión, en la búsqueda de algún tipo de acuerdo con el directorio o el gobierno que les evitara entrar en acciones de lucha. La burocracia sindical pedía que se les permitiera integrar una “mesa de diálogo”.

Finalmente, el paro se realizó, pero duró apenas un día. Así como se inició, así se terminó, sin que los trabajadores pudieran decidir nada. La burocracia de la FTC aceptó la propuesta gubernamental de que los dirigentes integraran una “mesa de trabajo” para controlar que se cumplan las condiciones que el propio gobierno y el directorio habían comprometido para realizar el cierre, es decir, con el paro la burocracia “consiguió” lo que se anunciaba que se quería evitar, pero con ellos como parte de la administración del cierre. No es posible saber si ya se había llegado a ese acuerdo inclusive antes de la realización del paro y éste se tuvo que hacer como fachada de la entregada posterior. Como sea, una brutal capitulación sin lucha de los burócratas sindicales de la FTC del PS y el PC, ante la total apatía y desentendimiento por parte de la CUT.

Las promesas de Boric a los trabajadores se las llevó el viento, pero demuestra una vez más, ¡Y de que manera! que es un político ladino representante de los intereses de la burguesía.

Basta recordar su inesperada firma del “Acuerdo por la paz social y la nueva constitución” que significó un duro golpe a la movilización obrera y popular, que a partir de allí fue decayendo. Boric, como ala izquierda del frente burgués, fue un gran colaborador para desmontar el ascenso revolucionario y meterlo en el estrecho canal del régimen reaccionario electoral, con una votación tras otra.

Esta jugada de Boric fue apoyada no solo por el FA, sino también por el PS y PC, que no juegan solamente en la arena parlamentaria, sino también como factor principal para dirigir a los trabajadores a la derrota como en Codelco. Una vez cumplido estos objetivos, ahora el frente “progresista” pequeñoburgués encabezado por los representantes del FA, PS y PC, proponen una nueva votación de Apruebo para el proyecto de una “nueva” Constitución, con lo cual pretenden poner punto final al octubre del 19.

La “nueva” Constitución: Cambiar algo para que todo siga igual

En octubre del 19, los trabajadores y el pueblo pobre, no se enfrentaron sólo a Piñera sino a todo un régimen social: el capitalismo, defendido por los partidos políticos burgueses oficialistas y opositores, y sus agentes en la clase trabajadora, actuando cada uno desde los distintos sectores sociales y políticos en los que se divide la sociedad. Están los que lo sostienen desde la derecha, los que lo sostienen desde el centro y los que lo bancan desde la izquierda. Los dirigentes políticos partidarios, los dirigentes sindicales y de los movimientos sociales reformistas. Cada uno ajusta su discurso político para atraer a un sector de la sociedad, para que a ninguno se le ocurra pensar en cambiar de raíz este régimen, y para que se conformen con alguna promesa de reforma. No quieren saber nada de una revolución que expropie lo que debe ser de toda la sociedad: la propiedad de los medios de producción en manos de la burguesía explotadora, y su capital obtenido a costa de la explotación de la clase trabajadora.

Tampoco se trata sólo de los males del “modelo neoliberal”, como si hubiera otro modelo, un modelo bueno. El problema es el régimen social en su conjunto. Es el capitalismo, que en su fase imperialista va de crisis en crisis, profundizando su agonía. Y aunque como en el Titanic, el agua entre por las cubiertas de tercera clase, y por más que la orquesta siga tocando, no se puede ocultar que el gran barco se está hundiendo.

No existe un capitalismo bueno, un “Estado social” que pueda reemplazar al capitalismo salvaje neoliberal. Eso es un espejismo. El Estado de Bienestar transcurrió durante un período de características muy particulares del capitalismo, posterior al fin de la segunda guerra, como consecuencia directa de la reconstrucción de Europa, que terminó en los ’70 y se fue para no volver.

Los reformistas le venden espejitos de colores a los trabajadores y el pueblo, para que ni piense en sacar los pies del plato del capitalismo semicolonial chileno.

Sueñan con una reforma del Estado, para hacerlo más democrático por el simple hecho de colocar una papeleta en la urna, como si fuera un aparato neutro sin contenido de clase. Pero para los que están despiertos el Estado aparece sin maquillaje, mostrando crudamente su verdadero carácter de aparato represor de la clase dominante. Lanzando a los carabineros con toda la saña represiva de la clase propietaria y explotadora, contra las justas demandas populares, desplegando su poder de fuego contra el pueblo que se levanta contra el régimen opresor, mientras los militares velan armas por si acaso.

Pero, aunque los reformistas sueñen, la cruda realidad es que el capitalismo está atenazado por una crisis mundial, en el cual no hay margen para reformas. Cuanto más tiempo tarde en comprenderlo la clase trabajadora y el pueblo pobre, más duros serán los sufrimientos por los que tendremos que pasar.

La gran tarea urgente y actual que tiene planteada la vanguardia obrera y popular es organizar un Partido de Trabajadores con un programa marxista de ruptura con la burguesía, que pueda crecer y fortalecerse en la lucha y dirigir los futuros levantamientos que van a venir, hasta conquistar el poder e instaurar un Gobierno de Trabajadores que expropie a la burguesía y al imperialismo, que instaure un Estado Obrero, en el cual la producción y el conjunto de la economía pueda ser planificada en beneficio de la población trabajadora, y no como ahora, en beneficio de un puñado de ricos a costa de la miseria y la explotación de la mayoría.

“Nueva” Constitución, mismo régimen político y social

En lenguaje popular se podría decir: “el mismo perro con otro collar”. El plebiscito “de salida” para aprobar o rechazar la Constitución redactada por la Convención Constitucional está convocado para el próximo 4 de septiembre.

Obviamente que los sectores más recalcitrantes de la derecha, que ven en cualquier liberal un comunista, promueven el Rechazo.

Por su parte, los promotores del Apruebo enfatizan el carácter progresivo del nuevo texto señalando que introduce una serie de reformas progresistas. Que “Establece un Estado social de derecho, la participación democrática y el afianzamiento de los derechos ciudadanos, la paridad y el empoderamiento de las mujeres, la descentralización, el reconocimiento de los pueblos indígenas, la defensa de la naturaleza” y bla, bla, bla, bla…….

Pero ¿hay cambios de fondo reales?

En la redacción de la “nueva” Constitución se impuso un bloque mayoritario constituido por la coalición de centro (Partido Socialista y la Democracia Cristiana), y sus satélites, que formaron la Lista del Apruebo, junto con los partidos de la izquierda reformista de la coalición Apruebo Dignidad (Partido Comunista- Frente Amplio, etc.) y el deshilachado rejunte de “identidades” postmodernas de la Lista del Pueblo.

Son la vieja Concertación y sus hijos, rojos por fuera azules por dentro, los que ahora promueven el nuevo Apruebo.

Son la alternativa reformista “razonable”, proponiendo cambios en las formas del Estado y algunos derechos básicos que puedan ser asimilables por el régimen capitalista, sin ocasionar grandes costos. Derechos que siempre quedarán en el papel, ya que para las demandas populares fundamentales el presupuesto nunca alcanza.

Junto con la derecha más recalcitrante, esta alianza de centro “izquierda” se asegurará por las leyes de reglamentación que se votarán en el viejo Parlamento, si hiciera falta, que ningún artículo sea muy radicalizado, ni pueda ser esgrimido como argumento para sobrepasar los límites tolerables del régimen burgués.

El PC y el FA agitan como conquista los derechos ambientales, pero ya hemos visto cómo esta “nueva izquierda” utilizó la cuestión ambiental para cerrar la fundición de Codelco Ventanas, produciendo una privatización encubierta, mientras la contaminación sigue reinando en la Bahía de Quintero. Pero la letra sobre el papel de la “nueva” Constitución no puede impedir el calentamiento global, producido por la sed de ganancias capitalistas. Basta como prueba mencionar que la socialdemocracia alemana, que financia a los ambientalistas Mundaca y Ramírez, ha vuelto a recurrir a la energía nuclear y al carbón, como consecuencia de la guerra en Ucrania.

La “nueva izquierda” también recurre al camuflaje de género y de respeto a los pueblos originarios. Pero “el gobierno de la mujer”, encabezado por Boric, no cambió el carácter de clase del régimen que sigue defendiendo la propiedad privada de los capitalistas y reprimiendo las manifestaciones obreras. Ni la igualdad formal de la mujer en los cargos del Estado, ni lo que quede -después de reglamentado- del derecho al aborto, ni eliminan la opresión de la mujer trabajadora por parte del capitalismo.  Al mismo tiempo que tampoco el reconocimiento formal de un Estado plurinacional no otorgará tierras al pueblo mapuche ni le dará el derecho a la autodeterminación, ni lo ampara de la militarización al Wallmapu.

Tampoco la negociación salarial y de condiciones de trabajo por rama de la producción le dará derechos a los sub-contratistas, no impedirá los despidos, ni la explotación. Solo puede modificar para algún sector de la clase trabajadora, el precio de la venta de su fuerza de trabajo al capitalista. Pero de fondo continuará el Código Laboral impuesto por la Dictadura de Pinochet.

Como la propia “izquierda” reconoce la decepción de sus simpatizantes con la “nueva” Constitución, que después de tanta lucha, muerte y mutilación, tiene un gusto a muy poco, entonces la campaña del “Apruebo”, sin dejar de lado los dudosos y abstractos avances progresistas, vuelve a utilizar el mismo latiguillo que le sirvió para que triunfe Boric, polarizando de la misma manera que en las elecciones presidenciales. Antes para que no ganara Kast había que votar a Boric. Ahora es votar el Apruebo para derrotar a la Constitución de Pinochet. Y así con el espantajo de la derecha, nos hacen tragar un gobierno, una política y una “nueva” Constitución contraria a los intereses de los trabajadores. Para expresarlo de otra manera: una vez más nos quieren embaucar con el arcoiris de la alegría que nunca llegó con la Concertación y tampoco lo hará con este plebiscito y el gobierno de Boric.

Un acuerdo con la derecha en puerta, para una constitución de consenso

Y dado que aun así las encuestas todavía le daban un bajo porcentaje al Apruebo, ahora utilizan el lema: Un Apruebo abierto a las reformas o “Aprobar para reformar”.

Si el 4 de septiembre el Apruebo o el Rechazo, ganan -sea uno u otro- por márgenes estrechos, no se aseguraría la gobernabilidad que quiere consolidar la gran burguesía y el imperialismo, para mantener su dominación sin sobresaltos. Para eso necesitan una Constitución que sea reconocida por una amplia mayoría.

De allí que los partidos de “izquierda” prometan que las “insuficiencias” del texto constitucional se pueden subsanar mediante la promulgación de leyes por el actual Parlamento. Y la derecha prometa hacer lo mismo con “los riesgos” que deja abiertos el nuevo texto. Lo que indica que -como dijimos más arriba- el texto constitucional pasará por el filtro de los acuerdos y consensos entre la nueva derecha, el centro concertacionista y la izquierda reformista.  

Como en la fábula de Esopo, “La montaña parió un ratón”: aunque el ascenso revolucionario o prerrevolucionario haya sido derrotado, no por la represión, sino por su propia impotencia espontaneista, y llevado -por la reacción democrática del Acuerdo por la paz- a la vía muerta de las urnas electorales, la situación política proviene del octubre del 2019, al igual que esta “nueva” Constitución. Es por eso que los partidos de la Concertación y la izquierda reformista creen que el triunfo del Apruebo, así como antes el de Boric, garantiza mejor la gobernabilidad futura. De allí el regreso y el apoyo explícito al Apruebo de Bachelet y tras ella Lagos. Piensan que un sector importante de la población, especialmente los jóvenes de las clases medias, que han depositado su esperanza en una nueva Constitución, verían en el Rechazo la frustración de sus aspiraciones por igualdad de derechos y participación. Esta “nueva” Constitución será, en realidad, la “nueva zanahoria”, de la burguesía. Esperan canalizar la rebelión de una parte de la juventud hacia el ambientalismo reformista, el feminismo, el “buen vivir” de los pueblos originarios; puede servir de válvula de escape temporal para aliviar las tensiones, por lo menos en algunas franjas sociales.

En otras palabras, aun en su versión más “progresista”, esta nueva Constitución es un instrumento de la burguesía para sostener inmutable su dominación de clase.

El centrismo de origen trotskista, derrapando por la banquina

El PTR sigue tratando de cubrir las huellas de su política adaptada al régimen burgués, y dice: “Se pactó un proceso constituyente, que no era una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana, para retomar la gobernabilidad que habían perdido producto de las movilizaciones populares. La Convención Constitucional, lejos de ser una conquista de la rebelión fue uno de los mecanismos claves para desactivar la movilización. Ni la convención ni los constituyentes fueron herramientas para fortalecer la organización independiente de la clase trabajadora y los sectores populares. De hecho, pasó lo contrario”.

Pero el PTR nunca explicó lo elemental para un partido que se pretende marxista y revolucionario, algo que ya planteaba Lenin en 1905: para que hubiera una “verdadera” Asamblea Constituyente Libre y Soberana, debería ser convocada por los trabajadores en el poder y luego de quebrar el aparato militar del Estado burgués.

Mientras que, desde el PCO, ya el 23/10/19 decíamos: “…los dirigentes de algunas organizaciones, burócratas reformistas, se incorporan a la lucha como forma de acceder a una silla en mesa del dialogo convocado por el gobierno. En lugar de tener una política para desarrollar la movilización y voltear al gobierno hambreador y represor, se postulan como los bomberos al servicio de la burguesía para apagar las llamas de la lucha. Levantan como consigna máxima, la convocatoria a una Asamblea Constituyente, al igual que algunos grupos del centrismo trotskista. Una Asamblea Constituyente ¿convocada por quién? ¿Por Piñera? Y si la burguesía, apretada por la movilización, resignara a Piñera pidiéndole la renuncia, y convocara a la Constituyente ¿sería realmente una vía para resolver las demandas de los trabajadores y el pueblo? En el marco de un régimen social controlado por la burguesía, la mayoría de los congresales constituyentes serían los representantes de las mismas fuerzas políticas que son rechazadas por los manifestantes. La nueva Constitución que surgiera no sería otra cosa que una reforma cosmética del régimen político, y algunas promesas de derechos impresos en el papel, que, en el marco de un sistema capitalista-imperialista en decadencia, que anuncia nuevas y más duras recesiones económicas, mientras las grandes potencias desarrollan su armamento nuclear y se preparan para una nueva guerra mundial, difícilmente se podrán hacer realidad. Mientras el poder material, es decir, el control de la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, esté en manos de la burguesía y siga intacto su aparato represivo militar, no hay artículo constitucional favorable al pueblo que valga”.

En La nueva Constitución no solo “no se toca ni el saqueo de recursos naturales como el cobre y el litio, no se termina con las AFP y su robo al bolsillo de los trabajadores, y mantiene un sistema político basado en el autoritarismo presidencial y una cámara alta oligárquica”, como dice el PTR. Se consagra la propiedad privada de los medios de producción, algo que desde el principio era obvio. Ningún partido que se reconozca de la clase obrera y marxista puede votar (como se apresta a hacer el MIT y la mayoría de los grupos que se reivindican trotskistas y de la llamada “izquierda revolucionaria”, con el “apruebo seguir luchando”, “apruebo sin ilusiones”, etc.) una constitución que consagra al régimen burgués.

Por lo tanto, desde el PCO llamamos a los trabajadores y al pueblo pobre de Chile a la abstención o al voto nulo. Y a organizarse para pelear por las necesidades elementales por medio de la lucha de clases, y sobre todo para construir un partido marxista revolucionario internacional.

Antonio Bórmida, 3/8/22

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