A 50 años del golpe de estado

Este 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe de estado de 1976. Muchos trabajadores y jóvenes han escuchado acerca de los miles de desaparecidos, asesinatos, torturas y todo tipo de vejaciones perpetrados por la junta militar. Seguramente las crónicas conmemorativas harán eje en esos crímenes. Algunas organizaciones han insistido en que se trató de un golpe “cívico-militar”, es decir, en el que participaron civiles. En apariencia con esta acusación van más a fondo. Inclusive se ha intentado llevar a juicio a algunos responsables civiles de haber colaborado con los militares como en el caso del Villazo. Pero todo el enfoque se hace desde “los derechos humanos” y para hacer “justicia” a través de tribunales burgueses contra los responsables individuales, dentro del mismo régimen social capitalista.

Durante mucho tiempo se pretendió que para evitar otra dictadura era suficiente mantener el recuerdo histórico de los hechos, “la memoria”.
Pero el actual gobierno que reivindica la dictadura militar, a los genocidas y a las FFAA en general, asumido por elecciones, es un testigo claro del fracaso de la “memoria” y de que con los juicios bastaba para que “nunca más” se repitiera la historia.

Para empezar, la memoria que se mantuvo ha sido parcial. Nunca llegó al hueso de los acontecimientos que dieron lugar al golpe de estado ni tampoco explicó su contenido político-social.
El golpe de estado fue la respuesta de la clase dominante en su conjunto -la burguesía y el imperialismo-, no de aquellos militares con algunos empresarios civiles sueltos, ante la crisis económica del capitalismo mundial y la resistencia de la clase trabajadora a dejarse superexplotar para asegurar las ganancias de las patronales.

La crisis mundial de postguerra se inició en el año 1968 y dio lugar a luchas en muchos países (Francia, Italia, Checoeslovaquia, etc.) simultáneamente, que en algunos casos alcanzaron un nivel insurreccional, como fue el caso del Cordobazo y otros levantamientos similares en varias provincias de Argentina.

El Cordobazo provocó la caída del gobierno de Onganía y obligó a la junta militar encabezada por Lanusse a buscar una salida política para desviar ese ascenso de la clase trabajadora. Esa salida fue la vuelta de Perón y la firma del Gran Acuerdo Nacional con los militares, los radicales.

Tras un breve gobierno de Cámpora apoyado por la izquierda peronista, Perón fue elegido presidente. Inmediatamente se rodeó de lo más recalcitrante de la derecha peronista y lo ubicó a López Rega en el Ministerio de Bienestar Social desde donde “el brujo” se puso a organizar la Triple A, banda fascista que se dedicaba a asesinar activistas obreros y militantes de la izquierda peronista y de la izquierda que se reivindicaba marxista.

A la muerte de Perón su viuda Isabel que le sucedió en el poder, intentó cerrar la crisis con el paquetazo antiobrero del ministro de economía Celestino Rodrigo. El “rodrigazo” provocó una inmediata respuesta por parte de los trabajadores que ya en un proceso avanzado de ruptura con la burocracia sindical se había organizado en coordinadoras zonales. Lorenzo Miguel tuvo que convocar una huelga general para tratar de contener ese movimiento surgido desde las bases de la clase trabajadora. Esa huelga derrotó al plan de Rodrigo y obligó a renunciar a López Rega, que se fue del país.

El peronismo quiso, pero no pudo; sin Perón no alcanzó para derrotar a la clase obrera. El gobierno de Isabel, que había quedado colgando de un hilo facilitó la preparación del golpe de estado al firmar el decreto que habilitaba a las FFAA a intervenir en la represión interna. El peronismo lo mismo que la burocracia sindical, no enfrentó al golpe, lo dejó correr. Su actitud quedó plasmada en la histórica frase de Casildo Herrera secretario general de la CGT quien dijo: “Yo me borro”.

Con el golpe, los militares actuaron en nombre de toda la clase capitalista, para imponer por la fuerza el plan antiobrero, actuando principalmente sobre la vanguardia obrera que había sido participe fundamental de las luchas.

Al diluir la cuestión de clase en una cuestión de “derechos humanos” se coloca un velo a la conciencia de los trabajadores. No fue un “genocidio” porque fue contra una clase, no fue contra una etnia, ni contra una comunidad religiosa. El golpe fue una contrarrevolución para aplastar a la clase trabajadora.

 También se enalteció la democracia oponiéndola a la dictadura, ocultando la continuidad de clase de ambos regímenes, en los que se mantenía la dominación de la burguesía. Por supuesto que no menospreciamos la diferencia entre dictadura y democracia. Pero en momentos de crisis del capitalismo ambos regímenes tienden a asimilarse, como ocurrió durante los 70 con la Triple A asesinando bajo el gobierno “democrático” de Perón. Y después durante los últimos meses de Isabel, con las FFAA interviniendo en la represión interna a la guerrilla.
Ahora mismo, en este gobierno de Milei surgido de las elecciones, se ha reforzado el aparato represivo que actúa salvajemente en las marchas de los jubilados y otras manifestaciones populares.

Inclusive suena fuerte la versión de que Milei ante el 50 aniversario decretaría el indulto a los militares presos por “genocidio”. Sería una reivindicación de la burguesía y el imperialismo al aparato armado que actuó para defender sus intereses de clase, y un aviso de que estarían dispuestos a volver a usarlos si hiciera falta.

No podemos permitir que vuelva a ocurrir otro 24 de marzo de 1976. Pero para eso hace falta construir un partido revolucionario que lleve hasta el final la tarea que quedó inconclusa en el ascenso de los 70, cuando los partidos que se decían revolucionarios y socialistas, pero que en realidad eran variantes del stalinismo (PC, PCR), o de la conciliación de clases (izquierda peronista), no quisieron romper con el peronismo, agarrándose al salvavidas de plomo que nos hundió en la noche más negra de nuestra historia, con el cuento de la burguesía progresista y la revolución por etapas.

Es por eso que la educación de la vanguardia obrera en la independencia de clase NO ES una cuestión de principio abstracta, ni es sectarismo, sino una clave fundamental en la estrategia revolucionaria del proletariado.

6/3/26

Deja una respuesta