A 80 años de su asesinato, el legado de León Trotsky sigue más vigente que nunca

Al cumplirse 80 años de su asesinato, reproducimos este fragmento escrito por León Trotsky, como parte de un prólogo titulado “El pensamiento vivo de Karl Marx” para un resumen del primer volumen de El Capital realizado por Otto Rüle. Terminado de escribir el 8 de abril de 1939, fue uno de sus últimos textos escritos, y revela su fe inquebrantable por el triunfo de la revolución socialista.

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LA INEVITABILIDAD DEL SOCIALISMO

“Al mismo tiempo que disminuye constantemente el número de magnates del capital –dice Marx- crecen la masa de la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación, la explotación; pero con ello crece también la revuelta de la clase trabajadora, clase que aumenta siempre en número, disciplinada, unida y organizada por el mismo mecanismo del proceso de la producción capitalista… La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan finalmente un punto en que se hacen incompatibles con su integumento capitalista. Este integumento es roto en pedazos. Suena el toque de difuntos de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados”. Ésta es la revolución socialista. Para Marx, el problema de reconstruir la sociedad no surge de prescripción alguna motivada por sus predilecciones personales; es una consecuencia –como una necesidad histórica rigurosa- de la potente madurez de las fuerzas productivas, por un lado; de la ulterior imposibilidad de fomentar esas fuerzas a merced de la ley del valor por otro lado. Las lucubraciones de ciertos intelectuales sobre el tema de que, prescindiendo de la teoría de Marx, el socialismo no es inevitable sino únicamente posible, están desprovistas de todo contenido. Evidentemente, Marx no quiso decir que el socialismo vendría sin la voluntad y la acción del hombre: semejante idea es sencillamente un absurdo. Marx previó que la socialización de los medios de producción sería la única solución del colapso económico en el que debe culminar, inevitablemente, el desarrollo del capitalismo, colapso que tenemos ante nuestros ojos. Las fuerzas productivas necesitan un nuevo organizador y un nuevo amo, y dado que la existencia determina la conciencia, Marx no dudó de que la clase trabajadora, a costa de errores y derrotas, llegaría a comprender la verdadera situación y, más pronto o más tarde, extraería las necesarias conclusiones prácticas. Que la socialización de los medios de producción creados por los capitalistas representa un tremendo beneficio económico se puede demostrar hoy día no sólo teóricamente, sino también con el experimento de la Unión de los Soviets, a pesar de las limitaciones de ese experimento. Es verdad que los reaccionarios capitalistas, no sin artificio, utilizan el régimen de Stalin como un espantajo contra las ideas socialistas. En realidad, Marx nunca dijo que el socialismo podría ser alcanzado en un solo país, y además, en un país atrasado. Las continuas privaciones de las masas en la Unión Soviética, la omnipotencia de la casta privilegiada que se ha levantado sobre la nación y su miseria y, finalmente, la desenfrenada ley de cachiporra de los burócratas, no son consecuencias del método económico socialista, sino del aislamiento y del atraso de la Rusia Soviética cercada por los países capitalistas. Lo admirable es que en esas circunstancias excepcionalmente desfavorables, la economía planificada se las haya arreglado para demostrar sus beneficios insuperables. Todos los salvadores del capitalismo, tanto de la clase democrática como de la fascista, pretenden limitar, o por lo menos disimular, el poder de los magnates del capital para impedir “la expropiación de los expropiadores”. Todos ellos reconocen, y muchos de ellos lo admiten abiertamente, que el fracaso de sus tentativas reformistas debe llevar inevitablemente a la revolución socialista. Todos ellos se las han arreglado para poner en evidencia que sus métodos para salvar al capitalismo no son más que charlatanería reaccionaria e inútil. El pronóstico de Marx sobre la inevitabilidad del socialismo se confirma así plenamente mediante una prueba negativa.

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