¿Qué es el kirchnerismo?

(Publicamos esta nota que salió en LCO N° 69 de la vieja época año 2011)

La polarización que generó el conflicto entre el gobierno y la patronal del campo, más una serie de medidas tendientes a recuperar el “espacio político perdido”, o sea el apoyo de una base social electoral en la clase obrera y en la clase media, en el marco de una recuperación económica después de la crisis del 2008-2009, le permitió al gobierno ganar popularidad y adhesión de un sector amplio de la intelectualidad y hasta de una franja de ex militantes, activistas sindicales y sociales de izquierda. Algunos adhieren de manera entusiasta, otros se conforman diciendo que este es el mejor gobierno “posible”, y otros lo aceptan como el mal menor. Esta situación ha reabierto una discusión sobre ¿Qué es el Kirchnerismo?

El kirchnerismo es una fracción del PJ que se reivindica “nacional y popular” y define a su “modelo” como “industrialista, de inclusión social, progresista”. Dice que pretende hacer respetar la “soberanía” nacional, pero no propone la “liberación” del imperialismo. Reivindican sus orígenes como ala izquierda del movimiento nacional peronista. Entonces, para entender al kirchnerismo debemos empezar por explicar al peronismo.

¿Qué fue el peronismo?

El peronismo fue uno de los movimientos nacionalistas burgueses de mediados del siglo XX que le disputaron al imperialismo una cuota mayor de las ganancias -surgidas de la explotación conjunta de la clase obrera- a favor de la burguesía nacional de los países semicoloniales. Expresó los intereses de la burguesía nacional, en un determinado marco internacional, cuando decaía la influencia de Inglaterra como potencia hegemónica, y sobre todo después de la II Guerra, cuando el capitalismo mundial resurgió de su crisis bajo el dominio exclusivo de EE-UU.

Aunque cada uno de ellos estaba marcado por las particularidades nacionales, el nacionalismo burgués fue un fenómeno internacional: Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil; Jacobo Arbenz en Guatemala, Nasser en Egipto; Nehru en la India, etc.

“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado.  Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui géneris, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación   a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano) se ubica en la segunda alternativa: sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras.

Estas medidas se encuentran enteramente en los marcos del capitalismo de estado. Sin embargo, en un país semicolonial, el capitalismo de estado se halla bajo la gran presión del capital privado extranjero y de sus gobiernos, y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los trabajadores. Esto es lo que explica por qué, sin dejar que el poder real escape de sus manos, (el gobierno mexicano) trata de darles a las organizaciones obreras una considerable parte de responsabilidad en la marcha de la producción de las demás ramas nacionalizadas de la industria.” (León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera”)

Para posibilitar la acumulación económica de la burguesía nacional, el peronismo –al igual que otros movimientos nacionalistas burgueses de su época- durante su primer gobierno expropió (aunque pagando generosas compensaciones) y estatizó algunos sectores claves de la economía. Al mismo tiempo que tenían que hacer concesiones a la clase obrera que le permitieran contar con su apoyo para contrarrestar las presiones imperialistas, la controló férreamente por medio de la burocracia sindical. Pero ya en el segundo gobierno empezó a ceder a las presiones del imperialismo yanqui como reflejo de las necesidades de la propia burguesía cuyos intereses representaba, la cual necesitaba de los capitales imperialistas. En 1955 terminó capitulando ante el golpe militar proimperialista, a pesar de que la clase obrera estaba dispuesta a “dar la vida por Perón”, ya que por su carácter de clase burgués Perón no podía enfrentar al imperialismo apoyándose en la lucha revolucionaria de la clase obrera. 

La vuelta de Perón, un bonapartismo de derecha

El año 1968 marcó el fin del “boom” económico de postguerra y entre 1970 y 1974 la economía mundial entró en una profunda crisis. La clase obrera enfrentó la ofensiva contra su nivel de vida con luchas importantes como el “Cordobazo”, las que abrieron una situación pre-revolucionaria. La dictadura militar tuvo que recurrir a un acuerdo con el peronismo para contener el ascenso de la clase obrera. La vuelta de Perón al poder en 1973 fue ya para establecer un bonapartismo de derecha, es decir como un agente del imperialismo para enfrentar a la clase obrera.

Tras el primer momento de euforia con la vuelta de Perón al poder (ya ensombrecida por la masacre de Ezeiza), la izquierda peronista pasó a la desilusión y a los roces con el “entorno” que rodeaba al “general”. Durante el discurso de Perón en el recordado acto del 1 de mayo de 1974 en Plaza de Mayo, la juventud peronista cantaba “que pasa, que pasa, que pasa general, está lleno de gorilas el gobierno popular”. Perón, que compartía el palco de la casa de gobierno con López Rega y la burocracia sindical, los echó de la Plaza llamándolos imberbes y estúpidos. Muerto Perón, y ante la debilidad de Isabel para contener el ascenso obrero, el peronismo abrió paso al golpe militar de 1976.

El giro a la derecha del peronismo en los 70 se explica porque los movimientos nacionalistas de las semicolonias se adaptan a las necesidades de la burguesía en cada etapa. “Es una dominación semibonapartista que se inclina hoy a la izquierda, mañana a la derecha, en función de la etapa histórica concreta en cada país.” (León Trotsky, “Una conversación sobre América Latina”)

Fue por su carácter de clase burgués que Perón tuvo una política “nacionalista” del 46 al 52, la que fue girando luego para hacer concesiones al imperialismo, hasta el golpe del 55; y fue porque es un movimiento dirigido por la burguesía que el peronismo volvió en el 73 para encausar el ascenso, controlarlo y por fin derrotarlo. Así dejando de lado a Cámpora y a la izquierda peronista, Perón se rodeó de López Rega, Lastiri, Lorenzo Miguel, y ya no hubo otra Evita, sino una Isabel.  Fue así que el peronismo cumplió el mismo ciclo histórico que otros movimientos nacionalistas burgueses, que pasaron de enfrentar parcialmente al imperialismo a transformarse en su correa de transmisión.

A partir del 80-85 hubo una ofensiva “neoliberal” del imperialismo para elevar la tasa de ganancia y la explotación de las semicolonias. La expresión en la Argentina de esta tendencia fueron los gobiernos de Menem y De la Rúa. Como consecuencia de esas políticas, en América Latina, del ’98 al 2003, se produjeron crisis profundas que derivaron en estallidos revolucionarios o pre-revolucionarios del movimiento de masas. 

En Argentina, por primera vez, un movimiento de masas provocó la caída de un presidente constitucional, y tras la caída de De La Rúa se sucedieron 5 presidentes en un mes. Durante el efímero gobierno de Adolfo Rodríguez Saá se declaró el “no pago” de la deuda, medida aplaudida por todos los que después aplaudieron el “desendeudamiento” kirchnerista, o sea el pago de la deuda con las reservas del Banco Central. Ese default no fue una medida antiimperilasita sino una decisión obligada ante la imposibilidad efectiva de pago, y como tal fue “comprendida” por el imperialismo, teniendo en cuenta la situación de derrumbe de la economía nacional (el PBI cayó un 20% entre 1998 y 2002) y la voluntad de pago del nuevo gobierno que surgía de la crisis.

El kirchnerismo en el poder

El kirchnerismo vino de la mano de Duhalde, en primer lugar, para cerrar el ascenso y la crisis política del 2001. Por medio del engaño, los Kirchner vinieron a hacer lo que no pudo hacer Duhalde con la masacre de Avellaneda: cerrar el proceso abierto con las movilizaciones de masas, reconstituir la estabilidad política y las instituciones burguesas.

Los Kirchner desde Santa Cruz, habían apoyado tanto a Menem hasta el ‘98, como a Duhalde en la campaña electoral de ese año. En 2003, ante la defección de Reutemann, Duhalde  tuvo que optar por Néstor Kirchner como candidato a presidente, lo cual refleja que para la burguesía entre ellos no había ninguna diferencia cualitativa.

Por el contrario, la gran ventaja comparativa de los Kirchner era que, por su pasado en la militancia de la izquierda peronista, podían interpretar mejor cual era el “discurso” más apropiado para dirigirse al movimiento de masas (que venía de gritar “que se vayan todos”) y cuales concesiones formales habría que hacer para acumular la base social y el poder necesario para estabilizar la situación y recomponer las instituciones puestas en crisis por la movilización popular.

La crisis del 2001 fue precipitada y capitalizada por el “grupo productivo” (Duhalde-Alfonsín-UIA y agro-exportadores y con el apoyo de la CGT de Moyano), que estaban contra la convertibilidad e impusieron la devaluación. El kirchnerismo vino también para responder a las necesidades económicas de estos sectores de la burguesía.

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La devaluación de la moneda, generó un tipo de cambio muy competitivo a nivel mundial, lo que dinamizó las exportaciones (sobre todo las primarias) y gracias a las retenciones, se pudieron recomponer las cuentas públicas; produjo un fenómeno de sustitución de importaciones como consecuencia de la protección generada por el tipo de cambio y rebajó a la mitad el salario real, mientras se congelaban (relativamente) las tarifas de servicios, y los productos agropecuarios (sobre todo soja y cereales) alcanzaban precios elevados, lo que le permitió al conjunto de la burguesía  obtener altos márgenes de ganancias. Esto le dio gran estabilidad al “modelo” kirchnerista durante los primeros años hasta el 2008.

Ideología y práctica kirchnerista

Los intelectuales y propagandistas de la burguesía nacional dijeron que lo que había entrado en crisis era el “neoliberalismo” o el capitalismo especulativo y salvaje. La intervención del Estado en la economía, la vuelta a “la cultura de la producción”, se levantó como alternativa “ideológica” antagónica al neoliberalismo salvaje, al que se le oponía este capitalismo productivo y humano. Pero ¿El kirchnerista, es o fue en algún momento, un gobierno bonapartista sui géneris de izquierda?

A diferencia de los gobiernos bonapartistas de las décadas del 40 y 50, que tenían como eje de su política económica la estatización de importantes sectores de la economía, los movimientos que se reivindican ahora nacionales y populares del siglo XXI se limitan a cobrar una cuota más elevada al imperialismo por el saqueo de los recursos naturales (como el gas en Bolivia o el petróleo en Venezuela), o en el caso argentino, elevando las retenciones a las exportaciones agropecuarias, para subsidiar a la burguesía local.

Los Kirchner levantaron como programa recrear una burguesía nacional por medio de la transferencia de recursos del campo a la ciudad, en el marco de un “capitalismo serio”.  Pero, la estructura económica argentina posee un alto grado de concentración y extranjerización, hechos que ponen de manifiesto la inexistencia de una burguesía nacional independiente de los capitales extranjeros. De las 500 mayores empresas, el 90% de las utilidades se concentran en aquellas que poseen más del 50% de capital extranjero.

Esto no significa que no exista una burguesía local, sino que esta burguesía se halla subordinada en gran medida al capital imperialista. Aunque la decadencia económica de EE-UU, las disputas interimperialistas por el dominio del mercado mundial y la irrupción de los mercados emergentes alternativos (China, India, Brasil y Rusia) dejaron un margen para negociar en mejores condiciones la subordinación de las burguesías nacionales al imperialismo, la profunda crisis económica mundial pone un límite a los arrebatos nacionalistas.  El Kirchnerismo siendo la expresión política de la burguesía industrial, no sólo no ha tomado ninguna medida que afectara seriamente los intereses del imperialismo y dejó intactos los intereses que se favorecieron en la década de los 90 (no reestatizó ninguna de las principales empresas privatizadas por el menemismo) sino que abrió las puertas y/o favoreció a los capitales imperialistas en importantes ramas económicas (a mineras como la Barrick Gold), telecomunicaciones y automotriz; permitió la concentración de tierras productivas en manos de magnates extranjeros, como Soros, Benetton, etc. Luego de la renegociación favorable con una quita importante, pero aceptada por la mayoría de los acreedores, el kirchnerismo fue un puntual pagador de la deuda externa. 

Tras ocho años de alto crecimiento del PBI, la “inclusión social” generada por medio de la disminución de la desocupación se sostiene por una estructura salarial que garantiza elevadas ganancias al capital concentrado, y por la precarización del empleo.  La recuperación salarial de los trabajadores –que sin embargo ni siquiera alcanzó los niveles anteriores a la crisis-,  más el aumento del consumo sobre todo de las clases medias, empujó el crecimiento del PBI, pero apoyándose en la burocracia sindical, mantuvo la fragmentación salarial en la clase obrera que en promedio no alcanza la mitad de una canasta familiar, un 40% de trabajo en negro y trabajo precario, y un 15% entre la desocupación y la subocupación.

El carácter de clase y político del kirchnerismo

Hay sectores de la izquierda trotskista que tienden a tomar esquemáticamente los análisis de Trotsky. Que los países semicoloniales tengan gobiernos “bonapartistas sui géneris” de izquierda o de derecha es una característica general para la época, de la misma manera que lo es la alternativa histórica de fascismo o socialismo. Esto no quiere decir que no pueda haber variantes intermedias. Se requiere de un análisis concreto. En el 2001 el proletariado venía diezmado por años de desocupación; el movimiento de desocupados y de la clase media se demostró impotente para dar una salida revolucionaria a la crisis. Después que el intento de Duhalde de cerrar la crisis por medio de la represión de Avellaneda (asesinato de Kosteki y Santillán) fracasara ante la respuesta de una multitudinaria movilización popular, la ofensiva burguesa contra el proletariado -que permitió la recuperación económica, la normalización institucional, y la pacificación relativa de la lucha de clases-, tomó el carácter de una reacción “democrática”. 

Como explica Trotsky “…la burguesía no hace entrar en juego al fascismo más que en el instante en que un peligro revolucionario inmediato amenaza las bases de su régimen, cuando los órganos normales del Estado burgués son ya insuficientes. En este sentido, el fascismo activo corresponde a un estado de guerra civil de la sociedad capitalista contra el proletariado insurrecto. Por el contrario, la burguesía se ve obligada a utilizar su ala izquierda, socialdemócrata, o bien en una época que precede a la guerra civil, a fin de engañar, de pacificar, de desorganizar al proletariado, o bien después de haber vencido seriamente, por largo tiempo, a las masas del pueblo, cuando para restablecer el régimen normal se está obligado a movilizarlas en el terreno parlamentario, y con ellas a los obreros, que ya no tienen confianza en la revolución.” 

En Argentina, la burguesía utilizó el “ala izquierda” del peronismo para engañar, pacificar y desorganizar al proletariado”, y movilizar a las clases medias y al proletariado hacia el terreno parlamentario, para “devolverle el valor a la política” y recomponer las instituciones del régimen.

Si bien el kirchnerismo adoptó un carácter bonapartista bastante marcado, no se ubicó a la izquierda afectando los intereses imperialistas, ni a la derecha, “sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial”, sino más bien en el centro si consideramos su política económica, en la que buscó un equilibrio entre las distintas fracciones burguesas, tratando de satisfacer los intereses de todas los sectores de la burguesía, y desde el punto de vista más político y social que económico, en la centroizquierda, si se consideran las mínimas concesiones a las clases populares, en la medida que la recuperación y el crecimiento económico se lo han permitido.

Con el imperialismo concentrado en las guerras de Afganistán e Irak, y el eje puesto en la conquista del Medio Oriente, el kirchnerismo mantuvo algún discurso político de independencia en cuestiones secundarias, para consumo de su base militante. Y si bien no es de los gobiernos más proimperialistas como el de Colombia, apoya uno de los principales ejes requeridos por la política de EE-UU, el de lucha contra el terrorismo y aislamiento internacional de Irán.   Desde el punto de vista de su política general, están más cerca de la versión semicolonial de la “tercera vía” (*) que del nacionalismo burgués del siglo pasado.

La dinámica más probable

Ahora el gobierno de Cristina Kirchner va girando a la derecha según se modifica la situación económica internacional y se achican los márgenes para las concesiones. Pone el acento en terminar con los juicios y reivindicar las actuales FF-AA; con el argumento de “combatir el delito” despliega preventivamente la Gendarmería en el gran Bs As. Pone límites a los reclamos sindicales y exige que en las paritarias se acuerden aumentos salariales por debajo de la inflación para elevar la “competitividad” de los patrones de la UIA.

Resulta sugestivo que el nombre elegido por la agrupación juvenil kirchnerista sea “La Cámpora”. Cámpora fue el fiel representante de Perón, su delegado personal. Fue candidato por razones legales y asumió el gobierno durante unos meses en 1973, pero siempre siguiendo las órdenes de Perón (el lema de la campaña electoral era “Cámpora al gobierno, Perón al poder”). Luego Cámpora se hizo a un lado sin chistar para dejar paso a la derecha peronista.

Dado el “agotamiento del modelo económico” y en la medida en que se precipite la crisis, el próximo gobierno deberá ir a la derecha más claramente contra la clase obrera, apoyándose en el aparato represivo, tal cual se lo exigen los sectores de la burguesía que tienen más peso económico. ¿Será la propia Cristina la que –como Perón del 52- le imprima un impulso más decidido al giro a la derecha de su política? ¿O Cristina –como Cámpora del 73- dará paso a los sectores más abiertamente de derecha del PJ, reservándose quizás para un futuro “retorno” al poder? Las variantes pueden ser diversas, pero la tendencia política de base está claramente definida. 

Lucho Andrade y Antonio Bórmida 

15/6/11

(*) Tercera vía: orientación político-social de los partidos reformistas y laboristas europeos, que abandonando el programa socialista (el que sólo se mantenía en los viejos libros históricos) se basa en la “redistribución de la riqueza” en el marco capitalista, con una moderada intervención del Estado, la “democracia participativa” formal, y las pequeñas concesiones o dádivas del Estado a los sectores más pobres. Para los países semicoloniales propone el “progresismo” en lugar de la intervención estatizante en la economía.  El representante más destacado de esta línea fue el ex primer ministro británico Tony Blair. Néstor Kirchner se reunión con el teórico de esta posición Anthony Giddens, e inclusive barajó la posibilidad de que el PJ ingrese a la Internacional Socialista. 

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